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«La Niña de Fuego te llama la gente
y te están dejando que mueras de sed».
– Manolo Caracol

atravieso el tiempo en el vagón, la acera ardiente, el ascensor, la habitación
el ímpetu cae como una lluvia de verano

transformo con cariño el tiempo en destrucción
nazco y muero, me regocijo en la incertidumbre
gozo con la incertidumbre
gozo con la antiexploración de mi alma
acaricio la inmortalidad del horizonte
lejano e imposible
como el mañana
mañana no existiré de nuevo
mañana no existe

en el centro más profundo del océano
subsisto
me rodeo de una atmósfera latosa pero cálida
estoy fabricando una constelación con respiros, treguas y soledades
una red de vínculos hechos de azar
dejo la responsabilidad a la suerte, o a la muerte

este vacío me adivina libre
me lanza hacia un paisaje inmóvil

punto y línea sobre plano
lo espiritual en la parte
del grito naciente en los huecos que adornan mis costillas

duermo y sueño sobre un aullido

a veces escribo mucho, pienso poco y guardo demasiado
y no sé si miento o escondo

automática e involuntaria asfixio otro día
lapido el eco de las emociones ya remotas

soy un sueño distante de la existencia antecedente
soy un fantasma
soy un resultado
soy onírica
soy el temblor, la agitación del motivo que se esconde en lo latente

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