Métro Paris

Mi mirada se fijó en el cristal, y en él, mi reflejo me habló durante una milésima de segundo.

Sobre aquella puerta del transporte público se manifestó el carácter imprevisible de algo que se encendía en mi interior. Su figura se exhibía poco a poco por detrás mientras yo seguía esperando de pie la próxima parada en el metro de la capital del mundo. Advertí en la imagen quizás su presencia rodeando mis latidos, apretándolos cada vez más fuerte a medida que se acercaba. Su abrazo volátil se refugiaba en mi cuerpo. Posaba su brazo sobre mis hombros haciendo caer toda mi alma sobre su pecho, y en aquella misma caída se producía el auge.

Sobre el cristal del espejo me encontré, a su lado, y pude admirarle, investigando con su nariz el olor de mi pelo, besando casualmente mi cabeza y convirtiendo el gesto en un primer momento de existencia de su protección. Sobre el cristal del espejo pude admirarnos, como una obra de arte que despierta la sensibilidad más profunda, como un encuentro ajeno que invita a anhelar lo mismo, como la promesa de algo que podría ser.

Y de repente se abrieron las puertas.

Y desaparecimos.

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