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Escapaste del último piso
para buscar el eco helado que alejara los juicios de tu cabeza.

Las altitudes urbanas se rompen con el paseo de una golondrina al nivel de las ventanas

y la ubicuidad se derrama por lo efímero del cuerpo
(ataca la conciencia).

Pero aún no ha comenzado a volar la mente y el efecto boomerang la devuelve al lugar donde pisan los pies.


El pensamiento se mantiene levitando paralelo a su lecho

aunque le es imposible dejarse caer, reposar.

Escapaste del último piso

para dejar rodar las conexiones imposibles del deseo,
respirar el aire gélido,
caminar sobre el suelo resbaladizo y despertar así algún instinto de supervivencia.

La espesura que formaba lo recóndito se expande y relaja los nexos que lo construyen.

No hay final del camino pero se forma un paisaje fuera y dentro:
el bosque tranquilo, el cielo despejado, el blanco que decora la tierra.
El horizonte se inmiscuye en la inquietud y equilibra el movimiento,
el horizonte tendido, inmóvil, colaborando en mañanas y anocheceres,
se impregna en el ánimo.

No hay final del camino pero hay un viaje desconocido e infatigable:

la vida.