023

Hoy es un día de mierda
de esos en que añoro el hambre

y me regocijo tumbada en el sofá
rememorando los días en que me mataba por su culpa.

Miro el reloj y las manijas vacías avanzan sin ganas.
La respiración cuesta.
Miro hacia arriba y siento vértigo.
En definitiva, estoy vacía de ímpetu.

Entonces, por la ventana, se asoma el rostro fundido del pasado
(le miro con indiferencia)
y yo sigo en el sofá haciendo brasas de mis pulmones,
respirando chispas de muerte,
esperando a que alguien llame a la puerta
y sople sobre mi cuerpo incandescente
arrastrando con la brisa de sus labios osados
las partículas de una ineptitud invisible
que se abalanza sobre mi torso
y con robusta gravedad tejida por la memoria
me empuja hacia el centro de la tierra.


Me mantengo en mi lugar durante horas.


Hoy es un día de mierda
de esos en que la luz del sol molesta
derritiendo y reforzando pensamientos de melancolía.


La vida espera el anochecer para su resurrección
y sobrevivir en un bautismo de esperanza
avivada por la necesidad de poseer un aliciente
(en forma de reinvención o sorpresa)

que se asome mañana a la ventana.

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