Vestido de lluvia y gris

Me desperté la mañana del jueves de aquella tercera semana sin saber que había llovido durante toda la noche.

Cuando salí de casa, empecé a caminar y mi piel comenzó a absorber la luz gris. La sentí en los nervios que me acechaban desde hacía días.

Esa luz de nubes que no dejaba pasar ni un rayo de sol me traía hacia dentro, a la vez, la calma y la melancolía. Como si alguien hubiera apagado nuestra estrella, el aire no se dejaba ni abrasar ni enfriar. Solo era aire a secas, reposado, sin más penetración. Eso me relajaba. Al mismo tiempo, yo tenía la tranquilidad de la melancolía. Se había apagado también la ansiedad que conlleva la creación de materiales y deberes que tener a punto para un futuro exacto.

Seguí caminando bajo aquel manto, dejando pasar el tiempo, lejos de cualquier calor, disfrutando de lo que me quedaba de aquella senda.

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