Ares

La torre más alta saca pecho al tiempo que sus piedras, minúsculas, coronan la cima del ancla de sierra. Los ojos de los gatos brillan como las gotas de rocío de la mañana pendiente, a juego con mis faroles preferidos.

Tras una cadena de tierra pálida se ha erigido esa vida ansiada a la que algunos llamamos hogar.

Colores de fuego tranquilo, esencia de edredón que cubre los días desnudos: mi manto perfecto.
Me siento como el aire caliente que rodea la chimenea.

Camino sobre la calma y me siento justo encima del trofeo sencillo con esa melancólica alegría que conlleva el deseo de esa vida ansiada a la que algunos llamamos hogar.

Hay algo en estos lugares de sonidos dóciles, de olores vírgenes y de acantilados hacia la vida tranquila. Hay algo que me abraza en la soledad de las calles. Hay algo que aparta mi desasosiego a través de las pisadas que trazan un camino rescatado.

Hay algo que me dice que aquí está esa vida ansiada a la que algunos llamamos hogar.


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