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Hay una justicia
           poética e imperfecta
en el encuentro con el mar castaño:
en las aguas
que derraman el alivio           otorgado
por la arena que impregna
el terciopelo de sal y azúcar
y que incrusta      l a  p a z      desde los pies
– a través de caricias
de piedras          y de ostras rotas.

Mirada ardida en escozor de sal,
deja caer en los ojos de nieve
la posibilidad de nudo
          de polvo de los huesos oceánicos,
cultiva el origen de la tierra salobreña.

(Abre y cierra tu mirada.
Abre y cierra tu mirada.)

¿Acaso, alguna vez,
en lugar de paliar el picor,
se limita uno a concentrarse en él
(sentir)?

En mí fue siempre menor la intensidad de las sensaciones que la intensidad de la conciencia de ellos.*

Sumisión acuosa,
compañero ahora fantaseado:
de permanencia desasosegada
en sueños,
de efervescencia vital
en el tiempo.

(Abre y cierra tu mirada.)

La turbación exalta el alma.

Y.

Llanto por fin
sobre la superficie ya empapada
lleva la fascinación
al común exclamativo.

* Del Libro del desasiego, de Fernando Pessoa

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