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Cae hacia el centro de la Tierra
el espacio cutáneo que yace entre los pechos
paralelo al esternón angustiado
convertido ahora en tallo de rosa con espinas
que raja esa caída infinita
de la piel, de la carne, del alma, de la esperanza,
que habita en el centro de los cuerpos.

Cascada de cristales.
El embudo del dolor aglomera el pasado
para introducirlo en una botella de vidrio viejo:
mil veces rota y otra mil reconstruida
por marionetas de la inconsciencia,
mil veces transparente, mil veces opaca,
mil veces ardiente, mil veces congelada,
mil veces agua, mil veces vómito.

El sonido crispado avanza entre las grietas.
Hormigas mueren ante la destrucción de lo punzante.
Siento su elevación espiritual 
a través de ese hilo que une
el centro del tormento
con el centro de la gravedad.

Al final, si estoy atenta,
puedo percibir ese eco de alivio
teatralizado como gotas de azúcar
que se introducen a través de los poros
de la superficie de las venas.

Son chispas de vida.

Hay un camino, a veces vacío,
creado entre la muerte y el alma
y entre el alma y la vida.

Es ese mismo el que crea 
la savia de la destrucción,
o de la esperanza,
o del amor,
o del desconsuelo.

La savia nunca cesa de circular,
ni de matar, ni de resucitar, ni de apaciguar, ni de complacer...

Hoy siento sus vías rasgadas.
Estoy más viva que nunca.

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